No siempre es fácil encontrar las claves del paso siguiente. Tampoco hay mucha gente que lo desee. En un mundo, como el actual, donde apenas tienen importancia las razones de los hechos, pasar de largo es el mejor sistema de no tropezar con las consecuencias perversas, esas que trastocan el futuro personal de las personas fáciles de acomodar con un buen televisor, una birra a tiempo y un aclamado partido de fútbol, o una serie de veinte capítulos. Los hay a montones, han brotado como las pulgas en los gatos callejeros. Son seres que presumen de ser anónimos, siempre anónimos.
Una pregunta para todos ellos: ¿realmente existimos? El pasado no existe, no se puede volver atrás. El presente es ya, en gran parte, pasado. Y el futuro será probablemente, pero no es nunca ahora. ¿De qué preocuparse entonces -contestan ellos-?
Pienso diseccionarlos. Voy a intentar explicarme con algunas de sus historias. Diecinueve piezas de mí mismo, desde los fantasmas mentales a las ondas de la física cuántica, desde la profunda imaginación a las preguntas sin respuesta, desde el pensamiento de los más profundos filósofos a los cuerdos adoradores del sentido común, que se arrastran continuamente por el barro del mínimo común múltiplo. Un trabajo personal que faltaba en su larga trayectoria literaria. Una apuesta delante del último muro de sus más de ochenta años, cuando el tiempo se acerca a velocidad de la luz en el vacío.





